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·Earthspan

 


En 1978, tenía yo 16 años, escuche una nueva música por la radio. Era algo diferente, acústico, con unas voces gruesas y naturales. Esa música contenía lo que yo más apreciaba en aquellos tiempos con mi corta edad y con ansias de conocer, descubrir. Contenia esa dosis de diferencia que la hizo especial. El locutor, al terminar el tema, hizo un comentario en el que decía que músicos como estos, como la Incredible String Band y King Crimson, nunca deberían de desaparecer. Nunca tendrían que dejar de componer e interpretar. Era 1978. King Crimson y The Incredible String Band desaparecieron en 1974.
Conseguí el disco que pusieron en la radio. No fue fácil pero lo conseguí. Desde entonces cuando alguien me pregunta sobre mis discos preferidos en segundo lugar siempre esta “Earthspan” de The Incredible String Band, el primer lugar siempre ha dependido del momento y la época de mi vida, pero lo más probable es que siga siendo “Islands” de King Crimson.
“ Earthspan” es un disco sensible. Parece que en cualquier momento se te va a romper en tus manos como un frágil cristal.
La base de The Incredible String Band es el folk, pero sus composiciones son de una sofisticada dulzura. Canciones que cambian de ritmo y melodía, de voces e instrumentos. Escucharlos es algo magnífico.
Supongo que la mayoría ya conocéis este grupo, pero aun y así publicamos el que consideramos el mejor de sus trabajos: “Earthspan”. Espero que lo disfrutéis tanto como lo he disfrutado yo todos estos años.

Jordi Oliver – Noviembre de 2003


A continuación el extracto de un texto aparecido en la revista Vibraciones en el año 1978.

Mike Heron y Robin Williamson eran dos personajes hermosos, bellos, eran, después de todo, la alegoría física de aquella época. Estuvieron durante largas temporadas en Afghanistan, Marruecos, países exóticos de los que regresaban siempre con nuevas ideas. Hacían música sugerente, una combinación inimitable de poesía lírica, humor, drama y magia folklórica. Tenía la espontaneidad y el candor de un niño, la pureza de un hippie devoto, la tranquilidad de un viejo ermitaño. La música de la Incredible anulaba las ciudades, las metrópolis, los cerebros electrónicos y las computadoras. Anulaba las cosas mecánicas, el plástico, los edificios prefabricados, las corbatas, los relojes y el progreso sin sentido. Anulaba y hacia desaparecer, con su presencia, cualquier cosa que no tuviese un toque de romanticismo. Anulaba todo lo malo del siglo XX. Y esto era lo ansiado, lo buscado. Luego la gente ha adoptado otra postura, en lugar de renegar de la basura ciudadana ha decidido plantarle cara, revolcarse en ella sin miedo, desafiantemente. Pero la Incredible también se lo hicieron bien, a su modo. Con su música supieron crear países, folklores de la tierra de nadie, inventaron leyendas, imaginaron cuentos para niños y mayores. Su música era imaginativa. Eran los reyes del país de Nunca Jamás. Con sus bailes típicos, sus gigantes y sus enanitos, sus princesas y sus carrozas-calabaza, sus mascaradas, sus libros dorados y sus ángeles azules de cada día.

La Incredible es uno de esos pocos grupos que no provocan malos pensamientos, ni sospechas, ni dudas: ni la persona más rencorosa del mundo se habría atrevido a afirmar que iban por la pasta, o que componían porque sí, porque ese era su oficio y nada más. Hasta el más escéptico tenia que reconocer que Robin y Mike eran unos auténticos bohemios, a los que les importaba bien poco si los royalties de sus discos les solucionaban la vida o no. Estaban enamorados de lo que hacían, amaban como lo hacían y hablaban de los lugares donde lo hacían. Nunca hubo contradicciones en su forma de plantearse la vida, ni en su modo de verla. Y eran unos locos por la naturaleza, los espacios abiertos, las pequeñas criaturas, el sol. Y si declaraban estas creencias en su música era tenuamente, sin pretensiones ni orgullo. Nunca aspiraron a que se les tomase por unos músicos ecólogos o por unos ecólogos aficionados a la música. Además y por encima de todo, en su comportamiento hay un detalle que se debe agradecer infinitamente: nunca predicaban en el auténtico sentido de la palabra, nunca intentaban convencer de nada a nadie. Ellos hablaban de determinadas cosas, cantaban unos temas en concreto, pero jamás trataban de inculcar al oyente que su trip era el camino a seguir.