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La calle se llama San Juan, número 3100. Allí se encuentra la cafetería “Tomato”. Él vive de sueños y en la cafetería Tomato los encuentra.
Miriam, Gladis, Marcela y Ana son sus sueños de Amor. Ese Amor que a su media edad no tiene. Los ha perdido en ocasiones. Él sueña, canta canciones a la oreja de Miriam, que es su Amor lejano e imposible, pero esto le hace sentir bien. Eso lo hace vivir.
Sin embargo, tras la búsqueda del amor, en un corazón atormentado y confuso encuentra en su interior una confluencia de sentimientos y sensaciones, un cóctel de ideas revueltas que a modo de tornado lo llevan a la deriva y lo arrastran sin rumbo fijo al abismo de las pasiones y los vicios más oscuros. Solo el tibio sol de la mañana que se cuela por los tejidos de las cortinas le devuelve la estropeada cordura, la cual, trae consigo una mochila repleta de deberes, obligaciones, deudas, compromisos, modales de sociedad, horarios, recuerdos, cargos de conciencias, ausencias, fracasos, soledad y hastío. A veces se asoma la esperanza, otras la reflexión y las promesas de comenzar de nuevo, de nuevo…de nuevo……con que?.
En el subterráneo observaba los rostros compasivos, airados, ausentes, soñolientos en la vorágine de gente, donde en cualquier instante esperaba recobrar, encontrar entre los escombros, los papeles amontonados que se acumulaban en las calles sin destino como falsas señales, la posibilidad de renacer en los ojos de alguien que te mira desde el pozo de la noche mas negra que despierta en la mañana de Buenos Aires.
Esperaba en esquinas heladas los taxis oscuros y suicidas, buscaba ese extraño lenguaje abrumadoramente amable, que surgía bajo una luz equinoccial que dotaba a la mañana de un aspecto irreal, vagaba por las calles como un desconocido que puede de repente encontrar la razón de porque aun esta vivo.
Tuvo que pagar a Andrea pero fue un bajo precio por lo que recibió. Andrea lo consiguió. Logró que él obtuviera lo que más anhela en esta vida: un amor. Aunque sea efímero como la bruma de la mañana.
Y regresaba a los viajes en el subterráneo de Buenos Aires, laberinto de pasiones escondidas y citas no acordadas, sin sorprenderse por ver otra vez el mismo rostro del expendedor de boletas, mirando con aire indiferente el dolor en technicolor de la pantalla del televisor, siguiendo las procesiones de rigor en los interminables pasillos, sin poder regresar a la luz del día.
Léase con voz de Tom Waits.
“I feel an excruciating pain in my head. I only hope it vanishes so I can have another beer.”
“Siento un fuerte dolor en mi cabeza. Sólo espero que me pase para tomarme otra cerveza.”
Un taxista: “Acá los peatones no respetan a los transeuntes los transeuntes no respetan a los peatones”.
La vida según la Sra. Carmen: “Triste y jodida”.
Don Amaro. 77 años. Ex-profesor de literatura y piano. Sufrió una embolia cerebral que lo dejó en un alto grado de parálisis. Se pasa el día sentado mirando la ventana: “Me gustaría tener un montón de plata para salir a la calle y reventármela”.
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