Los viajes de John Farwell a ayer y anteayer

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John Farwell recibió a los tres amigos que había invitado a cenar aquel sábado por la noche. El motivo de aquella reunión era el de mostrarles algo extraordinario, tal y como les prometió el jueves, cuando se personó en sus domicilios para invitarles.
-Cenemos primero, amigos mios, y después les enseñaré lo que tengo dijo Farwell, mientras con un gesto señalaba la mesa ya dispuesta y las sillas donde los cuatro iban a sentarse.
Todos ellos eran científicos, y además amigos que habían compartido trabajos y experiencias. Robert Angust y David Thyrel eran matemáticos y astrónomos; William Cassann era físico; y Farwell ingeniero electrónico. Estos eran los campos en los que se habían especializado y socialmente se les reconocía, aunque los cuatro eran verdaderos eruditos en otros terrenos de la ciencia Angust y Cassann habían desarrollado revolucionarias teorías en matemáticas y física, por lo que habían sido galardonados con varios premios. Thyrel, por su parte, se hizo famoso por el descubrimiento y posterior estudio de nuevos cuerpos celestes. Sólo Farwell, hasta ahora, se mantenía en un discreto anonimato carente de pruebas o descubrimientos que le permitieran destacar en su circulo científico. Se le consideraba bueno en su trabajo, incluso por encima de la media, pero nunca se arriesgaba a presentar ningún proyecto innovador. No es que no investigara, de todos era sabido que pasaba largas horas en el laboratorio después del trabajo, y que siempre que se le llamaba a su casa o se le visitaba, estaba ocupado trabajando. Sólo que nunca explicaba en que estaba metido. De hecho, en vez de explicar, lo que hacía era preguntar. Acudía a notables científicos considerados genios en sus materias (incluidos los tres amigos que cenaban con él), para pedirles si le podrían ayudar en esta formula o si le pudiesen hacer tal generador..., cosas que por separado no parecían tener mucha conexión, según se comentaba, aún así se le ayudaba y a nadie le preocupaba demasiado para que quería todo aquello. Quizas era, porque aparte de que Farwell era de carácter agradable, y su aparente inocencia convencía, nadie imaginaba en él un peligroso competidor en la carrera hacia la gloria científica.
Cenaron endibias con salsa de rochefort, rosbeef y tarta de ciruelas, acompañado de un vino de Bourdeos. La conversación fue informal y distendida, encauzada a recordar anécdotas de los viejos tiempos. Pero cuando llegaron los cafés y los cigarros, Farwell adquirió un aire solemne, que provocó un breve silencio con el que se preparó el ambiente para un cambio radical en la conversación. Al fin habló.
-Señores, tal como les prometí, tengo algo que enseñarles, por esta razón les pedí que vinieran. He inventado La Máquina del Tiempo. Tranquilos -hubo un intercambio de miradas que iban desde la curiosidad hasta la seguridad de que Farwell o se había vuelto loco o les estaba tomando el pelo-, para que me crean, y no piensen que hay ningún truco, antes de mostrarles la Máquina, les prepararé una prueba que demostrará la autenticidad del experimento.
Farwell se levantó y se acercó a una estantería de uno de los muebles del comedorpara coger un bloc, un almanaque.
-El jueves -dijo-, cuando les visité en sus domicilios para invitarles a la cena de hoy, les entregué a cada uno una hoja de almanaque, de distintos días las tres, pero con la frase: "El tiempo está de nuestra parte", escrita con mi puño y letra, y además con mi firma, y les pedí que la guardaran. Pues bien, esto es lo que voy a hacer ahora, cogeré tres hojas de este almanaque, escribiré la frase con este bolígrafo y las firmaré.
Lo hizo.
Mientras escribía, ante la atenta mirada de sus amigos, pensó: -¡Diablos!, en este momento estas hojas de papel existen dos veces-, pero no hizo ningún comentario.
-Ahora amigos míos -dijo Farwell-, si quieren acompañarme a la otra habitación, les demostraré como viajar por el tiempo.
Los otros tres lo siguieron, tan intrigados por lo que iba a suceder, que todavía no se atrevieron a hacer preguntas.
-Para mí -continuó Farwell-, la prueba de que esto funciona, es el hecho de que esta noche ustedes estén aquí, porque yo todavía no les he invitado. Lo voy a hacer ahora. Viajaré desde hoy hasta el jueves por la tarde, iré a sus casas a entregarles las hojas de papel que llevo en el bolsillo y después regresaré.
Se sentó en lo que era La Máquina del Tiempo, que se parecía bastante a una silla eléctrica, pero con más cables y gran cantidad de circuitos integrados en el respaldo. Con los dedos de la mano derecha, manipuló un teclado incorporado al posabrazos de La Máquina, en una pequeña pantalla del otro posabrazos aparecieron unos dígitos y después apretó un botón rojo. Se oyó un zumbido muy fino que duró poco y se detuvo en seco, tras el cual, Farwell, con una sonrisa en el rostro, empezó a incorporarse de aquella silla que era La Máquina del Tiempo.
-¿Y bien?-, preguntó Farwell ante sus desconcertados amigos.
-¿Y bien qué?, aquí no ha pasado nada -dijo Thyrel.
-Pero bueno, ¿lo han visto?, he viajado por el tiempo, he retrocedido hasta el jueves para entregarles las hojas del almanaque. ¿Alguno de ustedes la ha traído consigo?.
-Si, yo la tengo aquí -dijo Angust-, pero esto no demuestra nada, si la comparamos con las que usted tiene en el bolsillo, no será difícil encontrar diferencias entre ellas.
-Pero si ya no las tengo -empezó a desesperarse Farwell-, se las he entregado a ustedes, para mí hace unos minutos, aunque para ustedes ocurrió el jueves por la tarde. Pero, ¿no han visto nada?, ¿nó han sentido nada?.
-Bueno -intervino Cassann-, yo he oído un zumbido, y mientras le miraba a usted, me ha parecido como si su imagen se ensombreciera durante una milésima de segundo, algo así como cuando parece que se va a ir la luz y no se va, pero tampoco puedo asegurar si ha sido esto o simplemente es que en este momento he parpadeado.
-Vamos Farwell -dijo Thyrel que era el más escéptico de los tres y disfrutaba con los fracasos ajenos-, ¿qué pretende?, ¿que le registremos para que veamos que no lleva las dichosas papeletas encima?. Gracias por la cena que ha sido excelente, y por la velada que con este número de última hora aún a sido más divertida de lo que esperaba, pero ya no puedo quedarme más. Señores, me marcho, si alguno de ustedes quiere acompañarme...
-Si, yo voy con usted -dijo Angust.
-Es tarde, yo también me iré -dijo Cassann.
-Pero no pueden irse así -gritó Farwell perdiendo los nérvios-, han visto el mayor invento de la humanidad desde la rueda, tienen que dejarme que les haga otra demostración.
-Mire Farwell -dijo Thyrel-, vuelva a llamarnos cuando tenga algo más sólido. Ahora nos vamos. Adios.
-Adiós Farwell -dijo Angust-, y gracias por la cena.
-Le llamaré John. Hasta luego -se despidió Cassann.
No le habían creído.


Se habían negado a creerle, pero no perdería la cabeza por ello, sólo era una derrota momentánea. Tenía que tranquilizarse y pensar, intentar sacarle lo positivo al experimento. Farwell sabía que lo que había inventado funcionaba, y ya tendría otra ocasión para demostrarlo al mundo. Había fallado en la demostración, no en el experimento. Con el ansia de impresionar a sus amigos, no estuvo hábil en el manejo de las pruebas, y confiando que por sí solos los tres amigos testificarían el viaje, no imaginó que en el tiempo lineal, el desplazamiento por el tiempo de su cuerpo, podría ser casi imperceptible, pues siempre hizo las primeras pruebas de los viajes en solitario, y entusiasmado con los resultados, no se paraba a pensar en lo que sucedía en el tiempo lineal.
Ya más tranquilo, se sentó a meditar sobre lo que había pasado aquella noche. Auto justificándose de su posible error en la exposición del experimento, llegó a la conclusión de que pedirle a Angust que sacara su hoja de almanaque antes de sentarse en La Máquina de Tiempo, cuando él pensó que "las hojas de papel existían dos veces", no le hubiera ayudado para nada, pues habría desviado la atención de sus interlocutores hacia la comparación de las dos hojas de papel, Y se hubiera iniciado un interminable debate sobre la imposibilidad de que fueran la misma hoja. Por otro lado, tenía una nueva información: según comentó Cassann, después del zumbido, que el ya conocía, la ida y vuelta del viaje temporal, desde el tiempo lineal parecía sólo un parpadeo. O sea, que él podía estar varias horas en el pasado, pero para un observador del presente ni siquiera se había movido.
Se fue a la cama animado, pensando que su invento era tan grandioso, que sus amigos, y seguramente el resto de la humanidad, no estaban todavía preparados para entenderlo, pero él seguiría trabajando, y llegaría el día en que presentaría oficialmente La Máquina de Tiempo.

Por la mañana, Farwell se levantó con ganas de trabajar y con la idea de hacer un pequeño viaje con La Máquina. Pero antes se aseó y desayunó con leche fría y cereales Cron Flakes de Kellogg's, que era lo que desayunaba siempre. Después, entró en su laboratorio y conectó La Máquina de Tiempo, cogió su bloc de notas y apuntó lo más relevante de lo sucedido la noche anterior, luego estuvo un rato en silencio, mirando al infinito, antes de decidir lo que iba a hacer. Quería hacer un experimento sencillo: viajar uno o dos días al pasado y volver, sólo para demostrarse a sí mismo que todo funcionaba. Como prueba se llevaría una cadena de oro con un crucifijo, que tenía intención de dejar en algún lugar del pasado, para después recuperar en el presente. Se sentó en La Máquina y la programó para anteayer en su propio domicilio, asegurándose de que a la hora programada no se encontraría consigo mismo, para solucionar este problema sólo tuvo que acordarse de que hizo el viernes por la tarde y ya está. Pulsó el botón rojo, y tras el breve zumbido, apareció en el comedor de su casa. Se paseó por el piso, y en la cocina, abrió el congelador de la nevera y allí depositó la cadena de oro. Hecho esto regresó al domingo. Se levantó de la silla que era La Máquina del Tiempo y fue a la cocina Abrió el congelador y allí estaba la cadena, llena de escarcha, como si hiciera días que estuviera allí.
-¿Lo ven? -pensó Farwell para sí, pero acordándose de sus incrédulos amigos-, esto es una prueba.
Mientras mantenía la helada cadena de oro en una mano, reflexionó sobre sus experimentos. A Farwell no le preocupaban demasiado las paradojas típicas y teóricamente planteadas de los viajes por el tiempo, tales como: qué ocurriría si viajases al pasado y matases a tu padre antes de que te hubiera concebido, o la posibilidad de encontrarse con uno mismo en un mismo lugar. Pero si que el suceso de la noche anterior con las hojas de almanaque le daba ahora que pensar. Sus amigos las tenían antes de que él se las hubiese entregado, es más, Angust la llevaba consigo mientras él la estaba escribiendo. Durante unos minutos, las hojas de papel, la materia, existió por duplicado. Pero claro, para que Angust tuviese su hoja de almanaque, él tenía que viajar al pasado para dársela y al regresar ya sólo existía la que poseía Angust, y si no viajaba, Angust nunca tendría su papel. ¿Y si no viajaba Angust nunca tendría su papel?. ¿Y si no hubiese viajado?. Levantó lentamente la mano con la que agarraba la cadena de oro hasta la altura de sus ojos, observó el metal durante unos segundos, y entonces se le ocurrió la idea.
Hacía un rato, cuando se propuso viajar al viernes para poner la cadena en la nevera y regresar, antes de sentarse en La Máquina del Tiempo ya sabía lo que iba a hacer, ya tenía el plan hecho. Ahora cogió de nuevo la cadena de oro y se propuso viajar al jueves para ponerla dentro del azucarero. Antes de utilizar La Máquina fue ala cocina y miró dentro del azucarero, y allí estaba la cadena de oro. Ahora tenía dos cadenas, la que iba a poner en el azucarero y la que había ya puesto. Pero tenía que utilizar La Máquina, tenía que viajar al pasado para poner allí la cadena. ¿Y si no lo hacía?. Tendría dos cadenas para siempre.

Con este descubrimiento, Farwell empezó a hacerse preguntas. ¿El viaje por el tiempo era una cuestión de voluntad?. ¿En los otros viajes había utilizado realmente La Máquina?. Tenía que seguir experimentando. Esta vez planteó el asunto bajo la base de la certeza. No hizo planes antes de viajar por el tiempo, si no que se dijo a sí mismo que había viajado al martes pasado y había puesto en el segundo cajón del mueble del comedor un diskette de ordenador, que había cogido de la mesa de su oficina, situada a doce kilómetros de distancia. Fue a mirar, y allí estaba el diskette.
Estaba desconcertado. No sabía si alegrarse o preocuparse por el nuevo rumbo que estaban tomando los acontecimientos. Aquello podía significar que los experimentos que había efectuado con La Máquina de Tiempo le habían trastornado la mente, y se estaba volviendo loco, o bien, que su cerebro había aumentado su potencial y ahora lo estaba usando. Si, debía de ser esto último. Alguien capaz de concebir tal invento, forzosamente tenía que ser mentalmente superior a los demás. De todas formas, poseía algo grande, aunque debía meditar sobre ello. Tenía una máquina que revolucionaría la humanidad, cambiando todo concepto que hasta ahora se tenía sobre los medios de transporte: aparte de viajes por el tiempo, se podría utilizar para desplazarse a lejanas estrellas y galaxias en cuestión de segundos, o sin segundos. Y además, con ella, el hombre expandiría su mente, dando un paso adelante en su evolución. Debía de seguir trabajando, pues aún no tenía suficientes datos, ni pruebas concluyentes, que le permitieran herejirse como maestro instructor de cerebros aspirantes a un estado superior.
Cuando Farwell trabajaba comía poco y le pasaban rápidas las horas. Sólo cuando el cansancio lo vencía, se daba cuenta de que era tardísimo y que debía ir a dormir. Aquel domingo no comió nada en todo el día.


El lunes por la mañana, como todos los días, después de asearse y desayunar sus cereales con leche fría, salió de casa para dirigirse a su trabajo en la delegación de JCN (Johnsons Computers Network), donde ocupaba el cargo de Jefe de Investigación y Desarrollo. Tenía importantes responsabilidades, por lo que debería intentar que lo ocurrido el fin de semana no influyera en su trabajo. Lo de La Máquina del Tiempo todavía era secreto (excepto para Thyrel, Angust y Cassann), y nadie tenía que notar nada en su actitud, ya que además de no tener su trabajo concluido, necesitaba el empleo que tenía en JCN, por el sueldo, que le permitía hacer inversiones para sus investigaciones privadas, y porque en JCN contaba con instrumental carísimo que él, por el momento, no podía ni llegar a soñar tenerlo en su casa. Consiguió comportarse con normalidad durante toda la jornada, aunque sus pensamientos estaban siempre en La Máquina del Tiempo.
Por fin estuvo de regreso en su casa, e inmediatamente pasó a su laboratorio para trabajar más. Llegó con la idea de realizar un experimento parecido a los del día anterior, pero con alguna variación. Ahora no pensaría que había viajado al pasado y que había efectuado algún pequeño cambio, simplemente desearía que el cambio estuviese ya realizado. Deseó encontrar una revista que él nunca compraba debajo de la alfombra. La encontró. Y no sólo esto. En el comedor de su casa algunas cosas habían cambiado de sitio, y otras que no debían estar, estaban.
¿Qué podía haber pasado?. ¿Acaso mientras él estaba trabajando habían entrado ladrones en su casa?. Esto era improbable, porque ni la puerta ni las ventanas estaban forzadas, y tampoco encontró a faltar nada. Sólo tenía una explicación, y a medida que le daba forma, una sensación de pánico invadía su sistema nervioso. Pensó que un día aún por llegar, él mismo había viajado hasta hoy lunes y había hecho estos cambios con los objetos. Cosa totalmente posible, ya que cada vez que viajaba al pasado y a su propia casa, lo hacía asegurándose de no encontrarse consigo mismo, por ejemplo en horario de trabajo.
Estaba angustiado, algo parecía estar fuera de su control, y eso que el experimento de la revista había sido un éxito, pero lo otro lo sacaba de quicio. Desde que inventó La Máquina había viajado sólo cuatro o cinco veces con ella, ¿estaría pagando las consecuencias de alguno de estos viajes?. El tiempo sigue una línea; cualquier cambio en la realidad puede crear otra línea producida por este cambio, y otro cambio otra línea, y así hasta un sinfín de bifurcaciones creando un árbol de realidades. ¿En uno de sus viajes podría haber provocado una ventolera, haciendo que las líneas de las distintas realidades chocasen entre sí?. La confusión le impedía concentrarse para aclarar tales cuestiones.
Sumergido en sus pensamientos, a Farwell le pareció oír como un timbre en su cabeza. Por suerte, resultó no estar dentro de su cerebro, sino que sonaba de verdad, era el timbre de la puerta. Se levantó de la butaca donde estaba postrado y se acercó a la entrada de la casa para abrir a quien estaba llamando.
-¿Cassann? -dijo Farwell.
-Hola Farwell, no llego tarde, ¿verdad?. Bien, ¿qué quiere enseñarme esta vez?, ¿para qué me pidió que viniera?.
-Pero..., pero yo no recuerdo haberle invitado -contestó Farwell.
-¿Qué no se acuerda? -dijo Cassann-. Usted vino ayer a mi casa insistiendo en que viniera hoy a esta hora, aquí, a su domicilio, argumentando que yo era el que parecía poder comprender más, Y que quería enseñarme algo nuevo relacionado con La Máquina del Tiempo, y aquí estoy, y ahora me dice que no se cuerda.
Farwell empezó a sudar y se le notó.
-¿Qué le pasa Farwell?, ¿se encuentra mal?.
-No, no -dijo Farwell-. Me encuentro bien, pero vamos, pase, no se quede ahí en la puerta.
Efectivamente, algo estaba fuera de su control, pero Cassann no debía notar nada extraño en su comportamiento. No podía mostrarle nada ahora que habían surgido algunos problemas de los que todavía no tenía respuesta.
-Si, ahora recuerdo -empezó a explicar Farwell-, disculpe mi mala memoria, pero es que he estado trabajando esta noche y ya me conoce, cuando estoy concentrado me desconecto de todo.
-Si, ya -dijo Cassann sin esconder algo de suspicacia.
Le pedí que viniera para darle una prueba concluyente de mis experimentos -improvisó Farwell-, pero en el transcurso de esta noche algo ha empezado a fallar en La Máquina, y ahora no estoy preparado para hacerle ninguna demostración. Compréndame, no quisiera que ocurriera otra vez lo del sábado por la noche. Cuando les enseñe de nuevo mis resultados -y aquí Farwell no mentía-, quiero tener todos los cabos bien atados. Siento haberle hecho venir para nada Cassann.
Hubo un silencio tras el cual Cassann habló.
-Mire Farwell, yo soy su amigo, no deseo perjudicarle, pero vaya con cuidado, con estos juegos se está tambaleando su reputación. He hablado con Thyrel por teléfono, y por lo que me dijo, tras los acontecimientos del sábado, entendí que él pone en duda su cordura, y lo que es aún peor, lo comenta todo en tono de burla. Yo por mi parte, no dudo que está trabajando en algo importante, pero hágame caso, sea prudente, porque otra escena como la del sábado puede acabar con usted. Bueno, me marcho. Y no trabaje tanto, parece cansado. Adiós Farwell.
-Adiós Cassann, y gracias.
Farwell cerró la puerta tras la salida de Cassann y caminó despacio hasta el sillón para volver a sentarse en él y reflexionar. No le preocupaba lo que Cassann le había dicho, sino que volvió a las cuestiones de antes de su llegada, y a su llegada en sí.
La única explicación que le podía dar, era la misma que tenía para los cambios en su comedor: Había visitado a Cassann en un viaje al pasado que todavía no había realizado. Pensó en lo que había dicho Cassann sobre su interés por mostrarle pruebas definitivas relacionadas con La Máquina de Tiempo, lo cual quería decir, que cuando lo visitó, lo tenía todo preparado para el éxito. Por lo tanto, conseguiría volver a controlar la situación. Quizás, el viaje a casa de Cassann, lo haría dentro de un rato, cuando ya tuviese todas las respuestas a sus incógnitas. Si, forzosamente tenía que ser así, no tenía porque preocuparse. Pero por hoy, lo mejor sería descansar, y con la evidencia de que todo saldría bien, podía irse tranquilo a la cama.

Tuvo una pesadilla tremenda. Soñó que iba en un tren, y por la ventanilla contemplaba la escena que se desarrollaba en el vagón de otro tren, que circulaba por una vía paralela. Vio un tribunal, formado por Cassann, Angust y Thyrel como presidente, juzgándole a él, acusándole violentamente. Vio a Thyrel, golpeando frenéticamente con su maza el pupitre en el que estaba situado, dictando lo que parecía una severa sentencia. Se despertó en mitad de la lectura de la sentencia, y ya era hora de irse a trabajar, pero antes, como siempre, y después de asearse, desayunó sus cereales con leche fría.
Cruzó la entrada principal del edificio de JCN, y al igual que todas las mañanas, la señorita Collins, encargada de la centralita, le deseó los buenos días.
-Buenos días señor Farwell. ¿Ha decidido volver con nosotros?.
Pero bueno, ¿qué significaba aquella pregunta?, ¿habrían llegado a oídos de la srta. Collins rumores divulgados por Thyrel sobre sus trabajos con La Máquina de Tiempo?. Aunque fuera así, no tendría en cuenta su insolencia.
-Buenos días señorita Collins -dijo Farwell-. Si, de nuevo estoy aquí.
Cogió el ascensor y subió hasta la planta diecinueve, que era donde estaba su departamento. Con el primero que se topó fue con Anderson.
-¡Farwell!, ¿qué hace aquí?.
-¿Como que qué hago aquí?, pues trabajar.
-¿Le han vuelto a contratar?, -preguntó Anderson.
Algo raro estaba sucediendo. Primero la telefonista con su extraña pregunta, y ahora Anderson con otras igualmente absurdas.
-¿Por qué deberían volverme a contratar, si ya tengo un contrato? -dijo Farwell algo irritado.
-Bueno, yo no se nada -dijo Anderson-, pero como el viernes pasado se despidió usted mismo...
¿El viernes?. ¿Qué estaba pasando ahora?. Si ayer estuvo allí, en aquella misma planta que era su lugar habitual de trabajo, y todo había transcurrido normalmente. La ansiedad se apoderó de él, y sin dar respuesta a Anderson, se subió en el ascensor que aún estaba allí, remontándose hasta la planta veinticinco que era donde estaba el despacho del jefe, el señor Johnson. Filtrando todo lo que por allí pasaba, tenía una señorita, que con una amable, pero enérgica voz, le detuvo la carrera.
-¿a dónde va señor Farwell? -dijo la dueña de la voz.
-Tengo que ver al señor Johnson. Es urgente.
-Bien, espere un momento, le avisaré.
Johnson accedió a recibirle.
-Buenos días señor Farwell -dijo Johnson-, me alegra volver a verle por aquí, ¿qué puedo hacer por usted?.
-Mire señor Johnson -dijo Farwell nerviosamente-, le voy a hacer una pregunta muy sencilla, y lo único que quiero es que me la conteste, pero no me haga ningún juicio, por favor.
Farwell cogió aire y al fin dijo:
-¿Sigo trabajando en esta empresa?.
Pues no -contestó tranquilamente Johnson-. El viernes, después de su horario de trabajo, subió a este despacho y me dijo que se despedía, que tenía algo mucho mejor, y que le preparara el finiquito que lo firmaría inmediatamente. Así lo hicimos, se llevó el talón, y después se fue abrazando y besando a todo el que se encontraba en su camino.
Estaba sin trabajo. ¿Y qué podía hacer?. No se pondría a dar explicaciones acerca de sus viajes por el tiempo... No podía decirle a Johnson que él no sabía nada de aquel despido, que era algo que todavía tenía que decidir, Y que cuando lo hiciera, viajaría con su Máquina y haría lo que ya hizo el viernes pasado. Lo tomarían aún por más chiflado de lo que ya empezando a tomarlo.
-Bueno, pues nada -dijo Farwell-, muchas gracias por recibirme señor Johnson. Adiós.
-Adiós Farwell. Y yo de usted me tomaría unas vacaciones antes de empezar en su nuevo trabajo, la verdad es que no tiene muy buen aspecto, y parece necesitar un descanso.
-Tendré en cuenta su consejo señor Johnson. Muchas gracias.
Salió abatido de la habitación.
De regreso a su casa, se sentó en el sillón para ver si conseguía tranquilizarse y aclarar sus ideas.
Por una parte, el quedarse sin empleo, tampoco estaba tan mal, ya que ahora podía dedicar todo su tiempo a su trabajo con La Máquina del Tiempo. Por suerte, contaba con algo de dinero que le permitiría salir adelante por unas semanas, tiempo que él estimaba de sobras para concluir su trabajo. Lo urgente ahora era controlar la situación, y para ello debía empezar por entender lo que estaba pasando. La última vez que utilizó La Máquina fue el domingo, para el sencillo experimento de viajar un par de días al pasado y depositar una cadena de oro dentro del congelador de su nevera. A partir de ahí, en la práctica, no viajó más, pero empezó a recoger evidencias de viajes aún por realizar, empezando por el experimento del azucarero y la cadena duplicada. E demostró a sí mismo que las modificaciones realizadas en el pasado con La Máquina de Tiempo, se podían efectuar sin necesidad de utilizar La Máquina, las alteraciones que se planificaban hacer, quedaban hechas. Tenía dos cadenas de oro para demostrar esto. Hasta ahí todo bien, pero luego la visita de William Cassann, y hoy lo de su trabajo. Estaba claro que él mismo estaba viajando desde el futuro para crear todas estas situaciones, pero este Farwell tan viajero, regresaba a su tiempo tan campante y le dejaba a él, al Farwell de ahora un montón de problemas. De acuerdo, si decidió mostrarle por fin a Cassann su invento; si decidió dejar el trabajo, sería porque desde su día ya estaba seguro del éxito. La pregunta era: ¿Sería él este Farwell, ose trataba de un Farwell perteneciente a una de las bifurcaciones de la realidad que producían los cambios efectuados en los viajes por el tiempo?. Si era así, era para viajar al futuro y romperle la cara, porque el muy sinvergüenza se estaba aprovechando de todo su trabajo y se estaba llevando la gloria, y además le había robado el dinero del finiquito de JCN. Pero La Máquina del Tiempo sólo tenía ida y vuelta para el pasado, de momento.
Pensó en otra hipótesís que creyó la verdadera: Un día todavía por llegar, pero no muy lejano, quizás dentro de dos o tres días, él, John Farwell, viajaría al lunes (ayer) y a su propio domicilio. Estando allí, entraría en el laboratorio y vería La Maquina del Tiempo, entonces pensaría en sentarse en ella y programar un viaje. La idea sería un viaje por el tiempo dentro de un viaje por el tiempo. Como su trabajo estaría muy avanzado, y se sentiría seguro de sí mismo, decidiría viajar desde el lunes al domingo para invitar a Cassann a una demostración. Tras lo cual, regresaría al lunes para explicar a Cassann sus experimentos. Entonces se daría cuenta de que no está en su tiempo, y de que por accidente, podría coincidir consigo mismo allí, en su casa, el lunes, por lo que creería conveniente volver a su tiempo. Para avisarse a sí mismo en el tiempo lineal, movería algunos objetos del comedor y dejaría algún otro de nuevo, esperando que aquella prueba le advirtiese que su presente podía ser modificado por alguien del futuro, y que la visita de Cassann no le pillaría tan de sorpresa. Entonces regresaría al día X del que provenía. Estando ya en el día X, y con la intención de ayudarse a sí mismo, viajaría hasta el viernes pasado para despedirse del trabajo y así conseguir más tiempo para acelerar el éxito de su proyecto, pues seguramente en el día X, todo debería estar ya a punto, y el dinero del finiquito debería ser un buen fondo para invertir en la promoción de su invento.
Estaba claro, sólo de esta manera podían suceder las cosas. Lo único que tenía que hacer ahora era esperar el día X. Quien sabe, quizás sería mañana, o esta tarde mismo. Hacía ya dos días que no utilizaba La Máquina. Estudiaría concienzudamente todos sus apuntes, revisaría La Máquina milímetro a milímetro, y cuando acabase, posiblemente tomaría la decisión de convertir aquel día en el día X.


Fue mientras le estaba sacando brillo al teclado incorporado en el posabrazos derecho de La Máquina del Tiempo, cuando sonó el timbre de la puerta. ¿Quién podía ser?. No esperaba a nadie. Abrió, y más sorpresas.
Cassann acompañado de una mujer y de dos tipos del tamaño de una cabina telefónica vestidos de blanco. ¿Abría viajado otra vez al pasado para pedirle a Cassann que viniera para hacerle una demostración, pero que además, esta vez se trajera testigos?.
-Hola Cassann -dijo Farwell esperando cualquier cosa-, ¿qué se le ofrece?.
-¡Vamos cojanlo! -ordenó Cassann. Y los dos hombres de blanco saltaron sobre Farwell, retorciéndole los brazos en la espalda, aplastándole la cara contra la pared, y finalmente embuchándolo dentro de una camisa de fuerza. Después, sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared, desconcertado, impotente e inmóvil, contempló como la mujer le pinchaba con una jeringuilla.
-Esto le irá bien señor Farwell. No se preocupe -dijo la mujer.
-¿Qué pasa Cassann?, ¿qué significa todo esto? -dijo Farwell ya sin fuerzas ni ganas de recuperarlas.
-Es por su bien Farwell -dijo Cassann-. La doctora Corom White es psiquiatra, ella puede ayudarle.
-Pero si a mi no me pasa nada... -dijo Farwell notando que estaba a punto de quedarse dormido-. No tienen derecho...
Al parecer si que lo tenían, porque lo levantaron del suelo, lo sacaron en brazos de la casa, y cuando estaban a dos metros de lo que reconoció era una ambulancia, todo se le hizo borroso de golpe.
Farwell había perdido el sentido.


-Esquizofrenia -dijo la doctora Corom White-. Este es mi diagnostico, de momento. Aunque tengo que tenerlo unos días en observación. Será un trabajo difícil, ya que el paciente se niega a colaborar. No habla, parece haber entrado en un estado catatónico.
-Pobre Farwell -dijo Thyrel-, se creía todas sus alucinaciones, incluso se construyó una silla que decía era una máquina para viajar por el tiempo.
-Esperemos que tenga una rápida recuperación -dijo Cassann.
-Esto es difícil de predecir -dijo la doctora White-. Por lo que ustedes me han contado, su estado parece grave. No podemos decir que lo hemos pillado a tiempo, pero quizás aún no es demasiado tarde.
-Cuando Farwell se recupere tendrá que agradecérselo al señor Thyrel -dijo Angust-. Fue él quien sugirió venir a verla a usted, después de que el señor Cassann preocupado, nos comunicara lo mal que lo había encontrado el lunes cuando lo visitó.
Si -dijo Cassann-, pero cuando pensamos que le podía estar pasando algo grave de verdad, fue, cuando por casualidad, llamamos a su trabajo en JCN, y nos contaron lo que pasó. Despedirse de pronto, y de la forma que lo hizo...


Lo habían encerrado en la planta de salud mental de Hospital General. Podía salir de la habitación cuando quería y mezclarse con los enfermos que se paseaban por allí, pero no se le permitía abandonar el recinto. Farwell había decidido no hablar, a pesar de que sabía que aquella actitud no le ayudaría, pero prefería tener que esperar más tiempo allí dentro, que renunciar a la verdad, aunque sirviera para salvarse. Ya se cansarían de tenerlo encerrado y un día lo soltarían.
Sus amigos le visitaban de vez en cuando, pero como los hacía culpables de su actual situación, tampoco les dirigía la palabra.
A veces, por las tardes, tumbado en la cama de su habitación, se acordaba de sus experimentos con La Máquina, y un día se le ocurrió que si había logrado evidencias de que viajó sin utilizar La Máquina (las cadenas de oro, el diskette, la revista), podía intentarlo ahora para abrir las puertas de su jaula. Entonces tenía libertad para utilizar La Máquina, por eso aparecían las pruebas, en cambio ahora, por más que lo desease, nunca viajaría a ayer o anteayer, porque no podría utilizar La Máquina del Tiempo.

Ya había perdido la cuenta de los días que llevaba en el hospital, cuando una mañana una enfermera le avisó que tenía una visita. Un tal Simon Jeffes.
-¿Simon Jeffes? -pensó Farwell-. No conozco a nadie que se llame así -pero asintió con la cabeza, dando a entender a la enfermera que quería recibir a este hombre.
Simon Jeffes entró en la habitación y se quedaron solos. Farwell lo observaba cómodamente incorporado en la cama, vestido con un pijama y una bata. Jeffes permaneció de pie. Era un hombre joven, de aproximadamente unos treinta años. El silencio entre los dos indicaba que Farwell no iba a decir nada, así que Jeffes empezó a hablar.
Buenos días señor Farwell -dijo-. Permítame que me presente, soy Simon Jeffes y vengo del futuro.
-Otro loco -pensó Farwell. Se escurrió hacia abajo por encima del edredón y se dio un cuarto de vuelta, quedándose tumbado de lado, dándole la espalda a su visitante


FINAL